—Le traigo buenas noticias, señora Gómez. Me froté las manos de una manera compulsiva. Húmedas y frías, además de temblorosas. Vamos, que estaba hecha un cuadro. Por no hablar de las incipientes gotas de sudor que pugnaban por abrirse paso en mis sienes, surcando de forma imparable lo finos pliegues que se formaban junto a mis ojos al sonreír. Porque sí, estaba sonriendo. Con cara de pava, todo hay que decirlo, pero sonriendo, al fin y al cabo. Y, en verdad, no tenía demasiados motivos para hacerlo, pero la situación me parecía tan surrealista que solo tenía dos opciones: tomármelo a risa —como una tremenda broma del destino— o hacer un melodrama de la parodia en la que se acababa de convertir mi vida. —Puedes tutearme —aclaré con voz titubeante. —No creo que sea lo correcto. Tragué saliva con cierta dificultad y paseé mis ojos por la estancia con el mayor disimulo posible. A escasos metros del lugar donde nos encontrábamos —sobre el desgastado escenario de aquel lujoso tea...
Escritora de novela romántica y new adult